Isabel Flores de Oliva, hija de un arcabucero de la guardia virreinal, muchacha delirante, icono de las Américas, primera santa del Nuevo Mundo, expresión popular de la fe que cruza todos los límites, ojos de india sagrada, una vida espiritual intensa… Cientos de devotos se dieron cita en Quives, el lugar que la vio crecer y dónde comenzó su agitado camino hacia el misticismo. La santidad que ha envuelto sus múltiples martirios y los milagros que se le han atribuido le han conferido el título de Santa Rosa de Lima, patrona de las Américas y Filipinas. Aquí, en casa, es simplemente Rosita de Quives.
“Vamos a bailarle a la Santa Rosita” lanzaba a manera de invitación un muchacho desde una vagoneta en la congestionada panamericana norte. El atolladero que impedía que cientos de limeños fugaran al encuentro con la santa era tan insoportable que había que animar la noche. Con Pasamontaña de colores festivos y una vocecilla socarrona el muchacho desde la vagoneta continuaba invitando: “Vamos a bailarle a la santa rosita”La noche previa al día de la canonización, los festejos en honor a Rosita no se dan tan solo en Quives. En muchos pueblos de la cuenca del Chillón, en casi todo el ande, en la carretera, y hasta en otros límites se organizan diferentes versiones. En todas hay banda, fiesta y convite hasta que amanezca. En el valle del Chillón, las muchas rositas aún aguardan en las capillas locales. Es la víspera.
Rosa Limensis: la noche oscura del alma
Niña bonita mi amor, qué es esa cabeza gacha – Rosa, no escucha, no sabe. Se corona a sí misma con agudas espinas de plata. Las espinas de aquel pueblo minero en Quives- Agosto le dice que no. Un aire le dice que sí, que siga y que marche. En cuatro estrechas paredes de cal y en pocas palabras, se puede cruzar todo el mar; volver con alguna verdad que ayude a quedarse. Que nos abrigue el cielo y la mañana. No le gusta que le digan Rosa, su nombre es como el de su abuela, Isabel, pero su madre se empeñó en llamarla así cuando descubrió que su rostro se parecía al de una rosa. Ayunos, mortificaciones y penitencias continuas, buscando en todo ello las brasas de Dios. Diáfana mirada, la sonrisa le hace tanto bien. La Ermita, el último lugar.
Amanece. Las salvas de rigor y el peregrinaje comienzan. Los automóviles en la localidad de Yangas se apilan en medio de la estrecha carretera. Todos se disputan llevarte a Quives. Comercio a montón. Extraña característica que acompaña a la religiosidad. Igual. Cientos marchan hacia la pequeña hacienda en la provincia serrana de Canta, quizá una pieza fundamental en el rompecabezas religioso de la vida ascética de la santa.Dijes y escapularios penden en los postigos de una de las habitaciones de la casa dónde pasó la infancia y adolescencia Isabel Flores de Oliva. En un reducido pasadizo, se hace desfilar a los muchos fieles que han venido a tocar la inanimada faz de porcelana de la rosa limeña, las yemas de los dedos resbalan por las mejillas e intentan llevarse consigo un poco de aquella aura rosácea. Afuera, otros tantos redactan sus más caros deseos: “Por favor, Santa Rosita protégeme y dame salud a mí y a mi mamá", “Rosa de Santa María ayuda a los hermanos del sur”, “Rosita, ayúdame a conseguir un buen trabajo”, “Santa Rosa, espero que pueda casarme a fin de año” “Santa Rosa, santa rosita, rosita…” Doble tarea, las cartas que se depositan aquí en el pozo de Quives se suman a la considerable ruma de cartas que se tiran en el pozo del convento en Lima. Feriado para nosotros, pero en las esferas celestes, ese día, la santa, sin duda, estuvo ocupada.
Los fieles esperan la llegada de Rosita en los jardines de la antigua hacienda. Mientras tanto en la casa de la familia Castro Escudero, encargados de cobijar este año a Rosita, se alista a una pequeña imagen de la mística. En la calle, la banda campeona Jazz Juventud, anima los preparativos de la misa. De pronto irrumpe el estandarte. El bordado en pan de oro deja leer el nombre de los donantes: Juan Lloclle Arroyo y Teresa Ramos de Lloclle. Una deuda con la Santa, en agradecimiento le confeccionaron ese estandarte. Todos se colocan detrás de la pequeña urna con la santita en el interior. A la orden del bombo comienza la marcha de bandera. Dos guardias civiles escoltan la diminuta imagen. La procesión avanza mientras los músicos, también en marcha, se amañan para tocar Escuadra Peruana, pieza musical de la Marina de Guerra del Perú. Al llegar a la hacienda, los visitantes se arremolinan en torno a la recién llegada. La capilla abre sus puertas para permitir el ingreso a la imagen.
Es curioso saber como la fama de esta moza limeña se ha extendido más allá de lo que ella hubiese imaginado. Dan fe de ello los patronatos que se apilan bajo su égida protectora: Patrona principalísima de América y filipinas; Patrona e Hija Ínclita del Perú; Patrona de las fuerzas de Policía del Perú, distinguida con la Condecoración de "Gran Cruz" de la "Orden del Mérito de la Guardia Civil y Policía"; Patrona Jurada de Lima y de la Independencia de Argentina; condecorada con la Banda de Generala del Ejército Argentino; Patrona de la Junta de Asistencia Nacional del Perú y de todos los pueblos más arrinconados de la América Latina. Para cuando ella murió en 1617, la ciudad ya la había hecho su “Santa” en vida. Cuando 54 años luego llegó la canonización, dos años antes ya había sido nombrada patrona del Perú y un año antes fue reclamada también por las Filipinas y en casi todo el Nuevo Mundo. Tres papas siguieron su proceso de elevación a los altares. Según consta en los archivos del proceso de canonización, se sucedieron incontables curaciones milagrosas al sólo contacto con su bendito cuerpo o con sólo invocar su nombre. Delirio colectivo, el que provocaba esta terciaria dominica, que por cierto jamás piso claustro alguno. No hacía falta, la procesión va por dentro. Lo cierto es que en las nueve cuadras que separaron la última morada de la calle del Capón y el convento dominico de Nuestra Señora del Rosario, se hicieron presentes desde el Virrey hasta el último de los limeños en las pompas fúnebres. Al día siguiente, se procedió sigilosamente a enterrar los restos de la santa en una sala del convento, sin toque de campanas ni ceremonia alguna, para evitar la aglomeración de fieles y curiosos. Quince años de tortura auto practicada precedieron a su inmolación espiritual, pero nada de eso importa ya, la noche oscura del alma ha culminado. Los fieles bailan ahora una marinera en honor a Santa Rosita, la santa peruana, la patroncita de Quives y de todos los pueblos a la vera que han decidido hacerla también patrona suya. El incienso corre a montón. La policía de carreteras trabaja más que nunca en este día, sin embargo también se las arregla para oficiarle una misa a su patrona en los cuarteles. Rosa, por fin ha domesticado el orgullo. Imperturbable en los muchos pedestales que ese día la cargan, ha cambiado las coronas de espinas de plata, por una de rosas y danza también. Ya no le molesta que le llamen Rosa, Rosita. Aún colecciona nubes de verano, velos de tul, roídos por gusanos, pero este día no.
Agosto le dice que no. Un aire le dice que sí, que siga y que marche. Que nos abrigue el cielo y la mañana.
domingo, 2 de septiembre de 2007
Vamos a Quebrada Verde. Ya empezó la temporada de lomas Por: José Dávila, texto y fotos. 15 de agosto de 2007
Allí donde los cerros reverdecen es donde más nos gusta estar. Nuevamente Viajeros se fue a las Lomas del Lúcumo a presenciar cómo la humedad se apodera de las lomas en uno de los últimos reductos verdes de la capital: El Valle de Lurín.
En aquél momento éramos tres tristes limeños perdidos y eso que no habíamos salido de Lima. Parados a la vera de la estrecha carretera que conduce a Lurín en la puerta de un vivero. Ningún automóvil público decía Quebrada Verde, era lógico. A la pregunta de si podíamos ir caminando hasta allí, la dueña de uno de los viveros simplemente se burló de nosotros. “¡qué va ir!, suhh, hasta allá? léeeeejos”. Así que emprendimos el viaje en la vagoneta blanca del señor Chávez, A Quebrada Verde le dijimos. ¿Conoce?- “si, soy de Pachacámac”, entendimos que él sabía a dónde llevarnos.
A solo 34 kilómetros al sur de Lima, en el distrito de Pachacámac, nos esperaba una fiesta en la que predominaba el verde. Aquella mañana en el centro poblado rural de Quebrada Verde, todos andaban atareados: se colocaban sillas, se tendían mantas, se armaba una feria. Se había preparado una fiesta ¿qué festejaban?
De junio a noviembre, los cerros se revisten de verde a causa de las neblinas, eso ya era motivo de festejo. Cuando entramos en Quebrada Verde pudimos ver, ahora que era agosto, como la vegetación había prosperado. Parte de estas lomas se extienden en los terrenos de esta comunidad que se había alistado para recibir a aquellos que quisieran darse una vueltita por los caminos de aquel cerro verde. ¿Verde? Sí, a diferencia de ese absurdo cerro que pintaron de verde, unos asiáticos desquiciados, este cerro era verde así por que sí, de manera natural. El taxista era de El Guayabo, un centro poblado vecino. Cuando nos dejó en la tranquera, a la entrada de Quebrada verde, nos entregó su teléfono “para que me llamen, si quieren conocer otros sitios de por acá”
Mientras se vaga por Lucumo uno comienza a percibir cosas extrañas. De pronto las rocas tienen formas antojadizas. Nos topamos con una que tenía múltiples formas pero que representaba la misma cosa: la figura de un toro. No fue el único animal, desfiló uno que otro: una rana, un caracol, en fin un montón de rocas. De toda esta arquitectura pétrea sobresalen dos rostros incrustados en una peña: el Inca y el español, Así la llaman casi todos, y si se la rodea, fácilmente se puede ver que allí están ambos perfiles característicos, el indoeuropeo y el indoamericano. A propósito de esto, vislumbramos a Cristóbal Colón también por allí, pero creo que eso fue un exceso, un juego de la neblina.
Existe una bifurcación en el circuito de Lucumo. Los que deciden tomar el camino que va a la izquierda terminarán pronto. Los que optan por el otro, es casi seguro que se toparán con una densa niebla. Llega de pronto. Cuando caminábamos por la cima del cerro nos tomó por asalto. No fue difícil sortearla. Vimos cómo se alzaba un denso manto y en tan solo unos minutos lo cubría casi todo. Había que esperar a que pasara. Cuando por fin descendimos, luego de buscar el camino de regresó por entre la espesura del aire costero, abajo, en el restaurante de don Moisés, vecino legendario de Quebrada Verde, nos esperaba una comida de dioses. Huatya le llaman a una especie de sudado o cazuela de carne, ricamente condimentada conperejíl, culantro, hierba buena, arroz y yucas. Antiguas leyendas cuentan de un tal huatiacuri, un personaje que herraba por estos caminos. Como era un vagabundo se alimentaba solamente de papas asadas y fue por esta razón que le apodaron comedor de papas o huatyacuri.
Arrecia la neblina, a paso lento e imperceptible va envolviendo la quebrada entera. Mientras hincamos el diente a la riquísima huatya nos deleitamos con el panorama en verde. Por el altavoz se repiten los agradecimientos al Grupo Gea, gestor del circuito, a una muchacha norteamericana que ha hecho de Quebrada Verde su segundo hogar y a todos los que cada vez más se dan cita en este último espacio verde que le queda a esta gris ciudad.
En aquél momento éramos tres tristes limeños perdidos y eso que no habíamos salido de Lima. Parados a la vera de la estrecha carretera que conduce a Lurín en la puerta de un vivero. Ningún automóvil público decía Quebrada Verde, era lógico. A la pregunta de si podíamos ir caminando hasta allí, la dueña de uno de los viveros simplemente se burló de nosotros. “¡qué va ir!, suhh, hasta allá? léeeeejos”. Así que emprendimos el viaje en la vagoneta blanca del señor Chávez, A Quebrada Verde le dijimos. ¿Conoce?- “si, soy de Pachacámac”, entendimos que él sabía a dónde llevarnos.
A solo 34 kilómetros al sur de Lima, en el distrito de Pachacámac, nos esperaba una fiesta en la que predominaba el verde. Aquella mañana en el centro poblado rural de Quebrada Verde, todos andaban atareados: se colocaban sillas, se tendían mantas, se armaba una feria. Se había preparado una fiesta ¿qué festejaban?
De junio a noviembre, los cerros se revisten de verde a causa de las neblinas, eso ya era motivo de festejo. Cuando entramos en Quebrada Verde pudimos ver, ahora que era agosto, como la vegetación había prosperado. Parte de estas lomas se extienden en los terrenos de esta comunidad que se había alistado para recibir a aquellos que quisieran darse una vueltita por los caminos de aquel cerro verde. ¿Verde? Sí, a diferencia de ese absurdo cerro que pintaron de verde, unos asiáticos desquiciados, este cerro era verde así por que sí, de manera natural. El taxista era de El Guayabo, un centro poblado vecino. Cuando nos dejó en la tranquera, a la entrada de Quebrada verde, nos entregó su teléfono “para que me llamen, si quieren conocer otros sitios de por acá”
Mientras se vaga por Lucumo uno comienza a percibir cosas extrañas. De pronto las rocas tienen formas antojadizas. Nos topamos con una que tenía múltiples formas pero que representaba la misma cosa: la figura de un toro. No fue el único animal, desfiló uno que otro: una rana, un caracol, en fin un montón de rocas. De toda esta arquitectura pétrea sobresalen dos rostros incrustados en una peña: el Inca y el español, Así la llaman casi todos, y si se la rodea, fácilmente se puede ver que allí están ambos perfiles característicos, el indoeuropeo y el indoamericano. A propósito de esto, vislumbramos a Cristóbal Colón también por allí, pero creo que eso fue un exceso, un juego de la neblina.
Existe una bifurcación en el circuito de Lucumo. Los que deciden tomar el camino que va a la izquierda terminarán pronto. Los que optan por el otro, es casi seguro que se toparán con una densa niebla. Llega de pronto. Cuando caminábamos por la cima del cerro nos tomó por asalto. No fue difícil sortearla. Vimos cómo se alzaba un denso manto y en tan solo unos minutos lo cubría casi todo. Había que esperar a que pasara. Cuando por fin descendimos, luego de buscar el camino de regresó por entre la espesura del aire costero, abajo, en el restaurante de don Moisés, vecino legendario de Quebrada Verde, nos esperaba una comida de dioses. Huatya le llaman a una especie de sudado o cazuela de carne, ricamente condimentada conperejíl, culantro, hierba buena, arroz y yucas. Antiguas leyendas cuentan de un tal huatiacuri, un personaje que herraba por estos caminos. Como era un vagabundo se alimentaba solamente de papas asadas y fue por esta razón que le apodaron comedor de papas o huatyacuri.
Arrecia la neblina, a paso lento e imperceptible va envolviendo la quebrada entera. Mientras hincamos el diente a la riquísima huatya nos deleitamos con el panorama en verde. Por el altavoz se repiten los agradecimientos al Grupo Gea, gestor del circuito, a una muchacha norteamericana que ha hecho de Quebrada Verde su segundo hogar y a todos los que cada vez más se dan cita en este último espacio verde que le queda a esta gris ciudad.
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